¿Cómo reaccionar cuando los hijos se enamoran?

Crecer, significa capacidad de amar y enamorarse. Sentirse enamorado, es sentir que uno dejó de ser niño y empezar a enrumbar su vida por los caminos definidos de la madurez humana. Este es un momento crucial en la vida de los padres.

No resulta fácil, aceptar que los hijos tienen que construir su propia vida. Como tampoco es fácil que los hijos acepten la misión de los padres en momentos que se sienten maduros cuando en realidad no lo son.

Hay muchas cosas en la vida, en las que equivocarse, no tiene mayor importancia. Pero equivocarse con la persona que ha de ser compañero/a para toda la vida, es cosa seria. Y fatalmente, esta elección, suele hacerse, en las condiciones menos propicias:

  • Cuando menos se conoce de la vida
  • Cuando menos maduro se está frente a la vida
  • Cuando una serie de circunstancias influyen y condicionan nuestras decisiones.

Es una etapa, donde las tensiones surgen por ambas partes: Por un lado, los padres quieren que el hijo/a elija, más en función de sus gustos e intereses, a veces ya planeados, que en función de su futuro personal. Muchas veces, lo que se llama interés por el hijo no es más que preocupación por el buen nombre social del apellido o por el nivel económico.

Por otro lado, los hijos, que prescinden en absoluto de los padres; los marginan de sus decisiones y sólo los hacen sabedores de los hechos ya consumados.

¿EDAD PARA ENAMORARSE?

La edad es una realidad en la vida. Y, si para los viejos, los años son índice de cansancio, para los jóvenes pueden ser signo de precipitación y nerviosismo. Cierto que la edad no es un valor absoluto, pero sí, un valor significativo.

¿A qué edad enamorarse? Ciertamente no debiera ser durante la adolescencia, sino a partir de la juventud. Enamorarse adolescente es quemar una etapa esencial en la vida: la etapa de la amistad. Quienes no han sido capaces en la adolescencia de vivir como amigos no están psicológicamente maduros para amarse de jóvenes o de adultos.

Las prisas de los adolescentes por el amor son consecuencia de toda una carga ambiental que soportan:

  • Unas veces, es la falta de una verdadera trama familiar de afecto, cariño y trato personal.
  • Otras veces, es esa carga de erotismo, sensibilería del ambiente, que despierta exigencias y maduraciones aceleradas.

Los padres no pueden esperar el desenlace de las cosas para hacer reflexionar a los hijos. Sería demasiado tarde.

MISIÓN DE LOS PADRES

La mejor preparación de los hijos para el matrimonio es, sin duda alguna, el modo como los hijos han visto vivir el matrimonio de sus padres. De la experiencia que ellos hayan vivido va depender:

  • La imagen que ellos se formen de marido y mujer
  • La imagen que ellos se formen de lo que debe ser un matrimonio.

De esa imagen, también va a depender que los hijos acepten o rechacen los consejos de los padres.

Al margen del testimonio que se ha brindado a los hijos, los padres deben velar a la hora de una elección seria:

  • No para elegir por ellos
  • No para decidir por ellos
  • Sino para ayudarlos a ver, pensar, reflexionar con seriedad su futuro compromiso.

El juicio sobre la persona que se elige obedece a dos requerimientos:

  • Uno psicológico, de sintonía y atracción; que es exclusivo de los hijos y sobre el que nadie puede tomar decisiones.
  • El otro objetivo, circunstancial, que trata de enjuiciar serenamente al otro desde la perspectiva de las valoraciones objetivas, su vida, sus actitudes y comportamientos.

En cuanto al juicio de valoraciones objetivas, los padres pueden estar condicionados por una serie de prejuicios sociales, raciales, económicos y familiares. No olvidar que los hijos de hoy viven ajenos a estos prejuicios, y valoran más a la persona en sí misma y por sí misma.

El tacto de los padres tiene que ser muy delicado y sutil, a fin de no agravar situaciones que más tarde puedan influir en la estabilidad de la nueva pareja o provocar matrimonios demasiado prematuros para salirse de un clima tenso de agresividad.

DIALOGAR CON SUS HIJAS SOBRE EL AMOR

No se trata de entrometerse en la vida de la pareja de enamorados que se les prive de su propia intimidad personal; pero sí aprovechar los momentos y circunstancias para dialogar con ellos sobre la realidad que están viviendo y la que van a vivir.

No se ha de presentar su matrimonio como modelo. Pero sus experiencias, dificultades, búsqueda de soluciones, compartidas amigablemente pueden ser de gran valor para ellos.

No manifestar el amor bajo la luz de lo negativo, ya que pensarán “lo nuestro es diferente”; como tampoco un amor color de rosa; sino un amor real, objetivo.El tiempo de enamorados es un tiempo de gran trascendencia para ayudarlos a madurarse en las relaciones adultas interpersonales. Para los padres, el enamoramiento de los hijos, sea quizá el último compromiso serio con ellos. De aquí en adelante, su misión prácticamente ha terminado. No van a dejar de ser sus hijos; pero sí van a dejar de ser materia moldeable y permeable a su misión formadora de padres.

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